Golía presentó un proyecto de resolución declarando de interés legislativo a la trayectoria de Mario Omar Guilloti

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El legislador Rubén Darío Golía, presentó un proyecto de declarar de interés legislativo provincial la “Trayectoria Deportiva del Ex Boxeador Mario Omar Guilloti” de la ciudad de Chacabuco. Cuyos fundamentos son los siguientes: Mario Omar Guilloti nació en Chacabuco en el año 1946, es un ex boxeador argentino de peso welter, ganador de la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de México 1968, de la medalla de plata en los Juegos Panamericanos de 1967 en Winnipeg. Fue campeón argentino de peso welter. En 1969 pasó al profesionalismo realizando 100 combates, con 71 victorias (37 KO), 20 derrotas (5 KO) y 9 empates, llegando a obtener el título argentino de peso Welter en 1980, que perdió ese mismo año. Se retiró en 1983. Tiene dos hijos llamados Marina y Mario y seis nietos llamados: Paula, Rocío, Joaquín, Mara, Sofía y Nazarena. En los Juegos Olímpicos de México 1968, Mario Guilloti, con 22 años, ganó la medalla de bronce en la categoría Welter (hasta 67 kilos). Guillotti enfrentó en la segunda ronda al ugandés Andrew Kajjo, venciéndolo por puntos (4-1). En tercera ronda venció al canadiense Donato Paduano, también por puntos en fallo unánime (5-0). En cuartos de final enfrentó al estadounidense Armando Muñiz, venciéndolo en decisión dividida (4-1). En la segunda serie semifinal Guilloti debió combatir con el camerunés Joseph Bessala, quien lo derrotó con claridad en fallo unánime (5-0); Bessala perdería luego la final y se convertiría en el primer deportista de Camerún en obtener una medalla olímpica, en la segunda actuación del país africano en los Juegos Olímpicos, luego de haberse independizado en 1960. La medalla de Guilloti fue la número 23 ganada por el boxeo argentino, es decir más de la mitad del total de las 43 medallas obtenidas por el país desde los Juegos Olímpicos de París 1924. Pero también marcó un momento de quiebre en el desempeño olímpico de este deporte. En adelante el equipo de boxeo dejaría de ser el principal deporte aportante de medallas de la delegación argentina, y obtendría una sola medalla en los siguientes nueve Juegos, la de Pablo Chacón en los Atlanta 1996. Después de los Juegos Olímpicos de México 1968, Guilloti pasó al profesionalismo realizando 56 combates, con 48 victorias (37 KO), 6 derrotas (1 KO) y dos empates. Su debut se produjo el 21 de marzo de 1969, venciendo por nocaut a Avelino Alegre, en Junín. Ganó sus 14 primeros combates, diez de ellos antes de completarse el tiempo reglamentario, perdiendo en su decimoquinta pelea el 25 de julio de1970, con Rubén Vázquez Zamora, en el Luna Park, la única pelea en la que fue derrotado en sus primeras treinta y dos peleas. El 1 de noviembre y el 15 de junio de 1973, perdió dos veces en el Luna Park, con el entonces campeón argentino Miguel Ángel Campanino, la primera por nocaut técnico y la segunda por puntos, sin que estuviera el título en juego. El 15 de marzo y el 21 de junio de 1975 peleó dos veces más con Campanino, ésta vez por el título argentino, en el Luna Park, perdiendo en la primera oportunidad por descalificación en el primer round y en la segunda por puntos. Entre 1976 y 1978 realizó 17 combates en Europa, casi todos ellos en Italia, ganando en catorce (5 KOT), perdiendo dos y empatando uno. El 12 de abril de 1980, con 34 años, se consagró campeón argentino al vencer en el Luna Park a Eduardo Jorge Yanni, perdiéndolo por nocaut técnico en su primera defensa y el 27 de septiembre de 1980 ante Alfredo Rubén Lucero. Desde ese momento Guilloti permaneció peleando aún tres años más con escaso éxito, ya que solo ganó cuatro de los quince combates que realizó hasta su retiro. Su último combate lo realizó a los 37 años, el 11 de noviembre de 1983, con Oscar Enrique Sallago, ante quien perdió por puntos. “El especialista en box, Julio Ernesto Vila, dijo del púgil Guilloti, fue un rentado entre 1969 y 1983, y lo recuerda que tenía un físico privilegiado, que era inteligente y rápido, pero de sangre caliente.” Un capítulo aparte merece los enfrentamientos que tuvo contra Horacio Agustín Saldaño (la pantera tucumana). Alguna vez, refiriéndose a ellos, alguien escribió: “Nacieron para empatar”. La sensación final, tras cuatro notables enfrentamientos (los tres últimos, de altísimo voltaje pugilístico), es que eran perfectamente antagónicos, que no se pudieron sacar ni la más mínima ventaja, que juntos componían la combinación ideal para redondear un gran espectáculo y que el duelo, como rivalidad entre pares, quedó sin resolver. Uno era aguerrido, potente, audaz y netamente fajador (“un optimista del nocaut” como diría el colega Carlos Irusta): Horacio Agustín Saldaño, al que llamaban “La Pantera Tucumana”, por su estilo agresivo y porque había nacido en San Miguel de Tucumán, el 17 de octubre de 1947. El otro era un tiempista certero, movedizo, igualmente corajudo y tenaz: Mario Omar Guilloti, pugilista oriundo de Chacabuco -ciudad en la que había nacido el 20 de mayo de 1946-, que tenía el valioso antecedente amateur de haber conquistado, en categoría welter, una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos México 1968. Todas las peleas entre ellos tuvieron como escenario al Luna Park de Buenos Aires, con excelente marco de público. La primera de ellas casi “no existió”, pero las tres últimas fueron muy buenas y dejaron siempre algún resquicio para la polémica. La saga empezó el 8 de julio de 1972 con un combate trunco, porque estaba pactado a 10 rounds, pero debió ser interrumpido en la segunda vuelta, cuando Saldaño le propinó un duro golpe bajo a Guilloti y el árbitro Joaquín Arvas lo descalificó sin miramientos. Se creía que el desquite vendría en forma inmediata, pero recién se realizó el 28 de septiembre de 1974. A esa altura, Saldaño contaba con sólo 3 derrotas en 64 presentaciones profesionales -una de ellas con el chacabuquense, las otras con Ramón La Cruz (que frenó su invicto de 51 peleas) y Aníbal Di Lella-, estaba en franca remontada y con la mira puesta en una posible chance por el título mundial welter, la que le llegaría antes de finalizar el año contra el cubano mexicano José Ángel “Mantequilla” Nápoles en México (Horacio peleó lesionado en el hombro y fue noqueado en el tercer asalto). La revancha fue muy disputada y terminaron empatados. En su análisis para El Litoral, Pedro Oscar Roteta destacaba dos cosas: el trabajo franco y sin especulaciones de Saldaño, así como la sapiencia integral de Guilloti. De todas formas, el propio analista dejaba como corolario una frase (“Todo fue bueno anoche, menos el fallo”) y una tarjeta extraoficial, con las que denotaba que el empate había sido un tanto injusto y mezquino para el tucumano, a quien tenía arriba 99 a 97 en sus guarismos. El resultado, en realidad, llegó a través de un fallo dividido: uno de los jueces lo había visto ganar a Saldaño por 1 punto, otro a Guilloti por el mismo margen y el tercero los tenía igualados. Evidentemente eran muy parejos; más parejos, imposible. Por eso mismo, esta rivalidad podría ser catalogada como la reedición del más clásico de todos los duelos criollos, el de Alfredo Esteban Prada y José María Gatica. Y como Gatica contra Prada, en el caso de Saldaño frente a Guilloti la expectativa por verlos siempre fue en aumento. Así llegaron la tercera y cuarta confrontaciones, las que se dieron con cierta demora, especialmente por la radicación temporaria de Guilloti en Italia. Fueron una mejor que la otra y sirvieron para dejar la puja más abierta que nunca, prácticamente sin cerrar. Tuvieron lugar en el mítico Palacio de los Deportes de Corrientes y Bouchard el 7 de octubre y el 18 de noviembre de 1978, en ambas ocasiones con lleno total, con la gente aplaudiendo de pie (de principio a fin, sin descanso) y los boxeadores retirándose ovacionados. En el fallo del tercer encuentro se repitieron las variantes del segundo, con uno de los jueces otorgándole el triunfo a Guilloti por 1 punto, el otro a Saldaño por 1 y el restante teniendo “tablas”. En el del cuarto, aunque con diferentes números, todos los miembros del jurado llegaron al mismo veredicto global: empate. Este último fue un gran combate, sencillamente sensacional. Intenso, vibrante, con tres minutos finales para el infarto y para la historia. Tomando como referencia sus mejores etapas, podríamos sugerir que en estos tiempos de proliferación de títulos y seudotítulos, tanto él como Saldaño hubieran sido campeones mundiales.